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Ben Rattray, fundador de Change.org: “todavía no hemos democratizado la democracia”

Ben Rattray, fundador de Change.org: “todavía no hemos democratizado la democracia”

Por Zuberoa Marcos | 13-09-2016

Ben Rattray

Ben Rattray

Cofundador y CEO de Change.org

Cuando estudiaba en la prestigiosa universidad de Stanford en 1999, Ben Rattray quería ser Gordon Gekko. No sólo él. A finales de los noventa -de forma abierta o inconfesable- todos querían ser Gordon Gekko. El personaje creado por Oliver Stone para su película Wall Street e interpretado por Michael Douglas representaba la cumbre del darwinismo social y económico de la época. Rattray quería el dinero, las chicas, los coches y el poder de Gekko. Por entonces Bret Easton Ellis ya había descrito con cruel y fría precisión la miseria moral del mundo de las altas finanzas en su novela American Psycho. Pero la deslumbrante posibilidad de hacerse millonario antes de cumplir los 30 pesaba más que la suerte corrida por ambos personajes en la ficción. Por eso Rattray quería ser Gekko. Para forrarse. Y vio en el despegue de Internet la posibilidad de conseguirlo sin demasiado esfuerzo.

¿Y cómo llega a convertirse un aprendiz de broker en el creador de la mayor red de activismo social de Internet? La respuesta es por vergüenza. Porque aquel joven brillante y ambicioso, dispuesto a saltarse algunas normas para alcanzar el éxito, tuvo que enfrentarse cara a cara con su propia conciencia. El catalizador de esta decisión, tal y como el propio Ratttay narraba en una conferencia, fue una conversación con su hermano pequeño: “Nick, de forma inesperada me contó que era gay. Para mí fue sorprendente. Y después me dijo algo que cambió completamente la dirección de mi vida. Me dijo ‘lo más doloroso de ser un gay blanco en Estados Unidos no es toda esa gente que nos discrimina. Lo más doloroso es la buena gente que se queda quieta y no hace nada. Gente como tú’. Me sentí absolutamente avergonzado. Estaba siendo tan egoísta. Estaba tan preocupado de lo que yo iba a ser, de lo que iba a conseguir, que no podía ver más allá. No podía ver lo que le pasaba a mi propio hermano. Así que aquella noche me puse a buscar información en Internet acerca de la homofobia. Y me encontré con la foto de un chico que era como Nick. Su nombre era Matthew Shepard y tres años antes había sido torturado y asesinado en Wyoming por ser gay. Y empecé a llorar”.

Rattray asegura que aquella experiencia le hizo situar su objetivo de hacerse rico en un segundo plano (aunque su organización no esté exenta de críticas por los beneficios que obtiene), pero no olvidó que Internet debía estar en el centro de su proyecto. Inspirado por las redes sociales que comenzaban a crecer en aquellos años, en especial Facebook que en 2005 ya estaba en plena expansión mundial, Rattray funda en 2007 junto a uno de sus compañeros de Stanford, Mark Dimas, el sitio change.org.

Nueve años después, la plataforma ha crecido tanto que es imposible tener una cuenta de correo electrónico, o de Twitter, o de Facebook, y no haber sido requerido por algún amigo para firmar una de sus peticiones. Reducir el coste de los libros de texto, permitir que las mujeres en Arabia Saudí puedan conducir, obligar al gobierno sudafricano a perseguir las violaciones contra lesbianas, presionar a farmacéuticas para investigar una rara enfermedad… No hay causa suficientemente grande ni problema suficientemente pequeño que no sea susceptible de figurar en change.org. Según datos de la propia organización, en la actualidad cuentan con más de 140 millones de usuarios de 196 países diferentes (en España se abren 350 peticiones cada semana). Conquistado el espacio virtual -ninguna otra propuesta similar cuenta con la potencia demográfica de change.org- Ben Rattray cree que ha llegado el momento de dar un paso más. A través de changepolitics.org, iniciativa que ya funciona en Estados Unidos, la plataforma quiere que los ciudadanos compartan información acerca de cualquier proceso electoral en el que vayan participar. Una necesidad perentoria porque, según Rattray, “hemos democratizado la comunicación o el transporte, pero lo que no hemos democratizado es la democracia”.

Edición: Azahara Mígel
Texto: José L. Álvarez Cedena