APLICACIONES, TECNOLOGíA

La economía digital reta a las caras transferencias de divisas

La economía digital reta a las caras transferencias de divisas

Por Noelia Núñez | 26-07-2017

Taavet Hinrikus

Taavet Hinrikus

Presidente y cofundador de TransferWise

Los banqueros no han gozado nunca de muy buena reputación. Son respetados, admirados, temidos… o todo junto, pero es raro que entre los participios utilizados para describirlos se conjugue el verbo amar. Mark Twain, que además de gran novelista se hizo famoso por el sarcasmo con el que calificaba todo aquello que no le gustaba a su alrededor, los describió asegurando que “un banquero es alguien que os presta un paraguas cuando el sol brilla y os lo reclama al caer la primera gota de agua”. Pero, a pesar de su mala fama, la realidad es que los bancos -y por lo tanto los banqueros- existen casi desde el comienzo de las primeras organizaciones humanas, aunque fuera en la Italia renacentista cuando nació algo parecido a lo que podríamos considerar una banca moderna tal y como hoy la conocemos. Lo que no está definido en ningún sitio es que el sistema utilizado para el depósito e intercambio de dinero tenga que ser abusivo ni que deba aprovecharse de la posición de debilidad que tienen los usuarios frente a los bancos. Tampoco que no existan otras opciones para realizar algunas de las operaciones financieras de las que habitualmente se han ocupado los bancos.

Una de esas operaciones, la transferencia de divisas entre particulares de un país a otro, puede dejar de ser competencia exclusiva de los bancos si triunfan propuestas como TransferWise, una idea de dos amigos estonios nacida de la propia frustración de ver cómo parte de su dinero se quedaba en el camino por un servicio que consideraban lento, caro y poco claro. Taavet Hinrikus y Kristo Käärmann fundaron TransferWise en 2011 bajo una premisa muy simple: eliminar el banco como intermediario en las transacciones internacionales para abaratarlas. Un usuario que desea enviar dinero a otro país sólo tiene que tener una cuenta en el origen y conocer el número de cuenta de destino; TransferWise hace el resto. El dinero en realidad no viaja de un país a otro porque lo que hace la compañía es utilizar los fondos de sus clientes en los distintos países para realizar transferencias nacionales y, además, lo hacen con el tipo de cambio más ajustado. Sería como un peer to peer financiero o, según The Economist, “usan la mentalidad de Skype para reducir drásticamente los tipos de interés que la gente paga para enviar dinero al extranjero”.

La comparación con la empresa de voz sobre ip se debe a que Taavet presume de ser el primer empleado de Skype, así que está acostumbrado a lidiar con los comienzos de compañías llamadas a cambiar modelos consolidados. TransferWise ya tiene más de un millón de usuarios en 39 países, cifras interesantes que deberían seguir creciendo, puesto que la fortaleza del proyecto está, precisamente, en el número de clientes. La idea puede ser muy útil para quienes trabajan en el extranjero y reciben el salario en una moneda distinta a la que es legal en su país de origen, pero aun así mantiene cuentas bancarias allí porque debe responder a distintas obligaciones (por ejemplo una hipoteca), o para quienes quieren enviar dinero a sus familia que viven en otro país.

“Se trata de velocidad, de precio y de facilidad de uso. Continuamos desarrollando nuestra aplicación móvil para asegurar que podemos mover dinero de un país a otro de la forma más rápida posible a muy bajo coste” asegura Hinrikus. Käärmann va más lejos y se atreve a calificar su idea como “el Robin Hood del cambio de divisas”. Suena muy exagerado, pero su socio y amigo tiene claro que TransferWise está en la línea de una nueva serie de servicios que obligarán al mundo financiero a cambiar su forma de trabajo: “El cliente tiene derecho a saber cómo funcionan estos servicios, cuánto está pagando por ellos, qué tiempos requieren… así que creo que la transparencia y la movilidad es lo que definirá el futuro de las finanzas”, concluye Hinrikus.

Edición: Noelia Núñez | David Castañón
Texto: José L. Álvarez Cedena